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Caperucita y Ego. Maia Losch Blank

En el corazón del bosque la vida depende de la capacidad de discernimiento. Por eso, lo más natural es que cuando nos encontremos allí, perdidos, miremos desesperadamente en todas las direcciones con la intención de elegir uno de los tantos caminos posibles. ¿Cuál es el correcto? ¿Cuál nos llevará de regreso a casa? Eso, siempre y cuando uno tenga una: una casa. Yo la tuve por un lapso breve de tiempo. Era un hogar sencillo. Sin mueble alguno. Una simple habitación interior por la que caminar descalza. Ingresé desconfiada, recuerdo. Primero un pie y aguardé un instante, recelosa. Luego el otro pie. Hasta que todo mi cuerpo estuvo dentro. Me sentí de pronto muy a gusto, cómoda en la piel que me envolvía. Liberé, sonriente, un suspiro de satisfacción. Entonces sentí un ruido en la ventana: era Ego que huía, gritando que ese sitio era un horror, que allí no había suficiente lugar para los dos. Ego necesita de habitaciones grandes y mucha luz sobre los espejos, y esta casa no tenía ni una cosa ni la otra.

Viví unos meses en aquel lugar. Luego recibí una carta de Cerebro que decía: “Esta casa será derrumbada en breve”. Mi instinto de supervivencia y la pésima, terrible costumbre, de prestarle demasiada atención a Cerebro, hizo que huyera despavorida e ingresara en el bosque casi sin darme cuenta. Fui presa de un terror absurdo.

Ahora me encuentro perdida en la inmensidad del bosque; camino y me detengo. Miro hacia atrás. Miro hacia los costados. Voy para un lado y para otro. Intento elegir el camino adecuado y el temor a errar me paraliza. Ego acecha en el bosque tras las sombras de los árboles; es peligroso andar desprotegido. Debo volver. Sé que Cerebro mintió. No sé cómo pero lo sé. Hay muchas cosas que una sabe sin saber cómo las sabe. Y no consigo encontrar la senda que me lleve de regreso. Se hace largo y confuso el camino a una misma.

 

Fuente: http://maialoschblank.wordpress.com/2012/08/09/caperucita-y-ego/

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