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36 años. Viviana Liptzis

“Aprender la lección de la historia
debe ser no perder la memoria”
Teresa Parodi

Llega otro 24 de marzo, y por suerte, nos preocupan más los avatares de una imperfectísima democracia.

Tenía 13 años cuando el infame “Comunicado Número 1” apareció en la tele, y la voz de uno de los innombrables nos avisaba oficialmente de la instalación de la tortura, el asesinato y la invención local de “la desaparición” como razones de estado. O mejor, sinrazones de estado.

Poco tiempo después, mi papá, ávido lector de cuanta cosa cayera en sus manos, enterraba en el patio y quemaba en la parrilla, libros, muchos libros. Por las dudas dijo. Y ya el terror había ganado la batalla.

Y en el medio de tanta cobardía institucionalizada, de tanta testosterona desbordada (el ejército aún era un lugar sólo de varoncitos), las mujeres tuvimos lo nuestro.

Dijo Baltasar Garzón en agosto del 2010: “Las torturas durante las dictaduras en países como Argentina, Perú y Guatemala se ejercieron desde una “perspectiva de género”. El ensañamiento con la mujer fue mayor durante los crímenes cometidos estas dictaduras”. Y fue en el mismo año que tuvimos la primera condena donde se entendió la violación como una tormento específico reservado para nosotras.

Y también, sin espacio para el olvido, Madres y Abuelas, buscando a riesgo real, a sus hijas e hijos quienes según el infame bigotudo: “no están, no existen, están desaparecidos”.

“De aquí saldrán muertas o locas” era lo que escuchaban sin cesar las 1200 mujeres que compartieron, siendo presas políticas, la cárcel de Devoto, a donde llegaban después de un recorrido que consistía en: secuestro, tortura,comisaría, juez y cárcel. Y esta última, como el “final feliz”, preferible a lo que sucedía con el resto: más tortura y muerte.

“La detención, la tortura, la desaparición y la muerte de nuestros familiares, compañeros, amigos, y el régimen al que fuimos sometidas, nos dejaron profundas marcas, diferentes en cada una de nosotras de acuerdo con la experiencia personal.

Así también nos han marcado para siempre el temor al frío, la impaciencia frente a la espera, los ruidos que nos recuerdan los candados y las rejas y el carro de la comida “tumbera”, o el sonido del agua que bajaba por los caños de desagüe de las letrinas; los gritos, los golpes, los movimientos bruscos; la humedad de los calabozos con sus paredes mojadas y chorreantes, innumerables situaciones que nos resignifican la cárcel y los momentos que más nos afectaron.

Sabemos además que el intento de destrucción ejercido sobre nosotras ha quedado registrado en nuestras mentes, en nuestros cuerpos, en nuestros corazones; somos conscientes de ello, lo llevamos a flor de piel en nuestra vida y así contamos esta historia…

Tuvo que pasar mucho tiempo para que, de a poco, se fueran abriendo nuevas elaboraciones, nuevos intentos por ir cerrando las heridas. También para nosotras debí pasar el tiempo, para que las sensaciones se volvieran recuerdo y el recuerdo palabras que describieran lo que habíamos vivido durante tantos años, y que llegara el momento de contarlo…

Recuerdos que hoy forman parte de nuestras conversaciones cotidianas de cada encuentro. Recuerdos que la memoria trae, deja, recrea, pero no abandona, y mantiene el cariño entre nosotras a pesar del tiempo transcurrido. Sentimiento que no permite la distancia con lo vivido, que está adentro de nosotras, tan presente como una marca imborrable: la de la resistencia colectiva y los valores que trascendieron al dolor de tantas muertes, tantas ausencias, tantos desaciertos, tanta lucha, y a la oscuridad en que debimos vivir por largos años”.

 

Fuente: Fragmento de “Nosotras, presas políticas” Obra colectiva.

 

 

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