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Los patitos feos. Fragmento. Boris Cyrulnik. Día de la lucha contra el cáncer de mama.


Qué se podía decir? Pensé en esto.

“En la época en que el pensamiento cultural era de carácter fijo, bastaba con observar el mundo en torno a uno para obtener la prueba de que reinaba el orden. El señor, que estaba por encima de los hombres, poseía un castillo, el cura se codeaba con Dios, y la inmensa mayoría de las personas se debatían contra la muerte. La energía principal que permitía la supervivencia venía suministrada por el cuerpo: el vientre de las mujeres proporcionaba los hijos, los músculos de los hombres y de los animales producían la energía.

No resultaba difícil constatar que los aristócratas eran los más hermosos, los más inteligentes y los más cultos. Poseían la tierra, los castillos y el derecho a manejar las armas. Por el contrario, los hombres del pueblo, reducidos al papel de suministradores de energía, eran incultos y estaban sucios, cansados y enfermos. La jerarquía social se hallaba pues justificada, al modo de una «ley natural» a la cual nadie podía escapar. Cada cual ocupaba el lugar que le atribuía el orden inmutable: las mujeres por intermediación de su vientre, los hombres por el efecto de sus brazos, y los «aristocuras» en razón de sus palabras.

La acumulación tecnológica ha dado otra visión del mundo. Hoy en día, sabemos que se puede cambiar el orden social e incluso el de la Naturaleza. Tanto la cabeza como los dedos son necesarios para accionar las máquinas, y éstas proporcionan una energía muy superior a la de los músculos. Los niños de origen humilde pueden triunfar. Y el vientre de las mujeres ha dejado de dictarles su destino desde que el dominio de la fecundidad consiguió liberar su cabeza.

La fantástica explosión de las técnicas en el siglo xix suprimió las evidencias fijas y nos enseñó a considerar la condición humana mediante la palabra «devenir». La biología descubrió la evolución, y la embriología pensó el desarrollo que Freud introdujo en su descubrimiento del continente interior.

En un contexto tecnológico y cultural con estas características se fue despejando lentamente la noción de trauma. Por supuesto, el trauma existía en la realidad, aunque no en las palabras que lo condensaban en la conciencia…

…sólo tras la Segunda Guerra Mundial y los campos de deportados del Holocausto, tras la guerra de Corea más tarde, y, por último, al producirse la de Vietnam, y ante la amplitud de los estragos y los cambios sobrevenidos en el contexto cultural, empezaron los psiquiatras a formular el problema de manera relacional. Desde que nació el concepto de trauma psíquico, la concatenación de las ideas exige que tras la descripción clínica y la investigación de las causas, dediquemos nuestros esfuerzos a la prevención de los traumas y a su mejor reparación. Y para ello, necesitamos el concepto de resiliencia. Esta actitud mental ante la tragedia marca hasta tal punto la imagen del mundo que «si algunos financieros llegaron a lanzarse por la ventana, no puedo evitar creer que lo hicieron con la falaz esperanza de rebotar».

Hace mucho tiempo que el concepto de resiliencia viene siendo nuevo, pero esta vez, podemos analizarlo. Se trata de un proceso, de un conjunto de fenómenos armonizados en el que el sujeto se cuela en un contexto afectivo, social y cultural. La resiliencia es el arte de navegar en los torrentes. Un trauma ha trastornado al herido y le ha orientado en una dirección en la que le habría gustado no ir. Sin embargo, y dado que ha caído en una corriente que le arrastra y le lleva hacia una cascada de magulladuras, el resiliente ha de hacer un llamamiento a los recursos internos que se hallan impregnados en su memoria, debe pelearse para no dejarse arrastrar por la pendiente natural de los traumas que le impulsan a correr mundo y a ir de golpe en golpe hasta el momento en que una mano tendida le ofrezca un recurso externo, una relación afectiva, una institución social o cultural que le permita salir airoso.

En esta metáfora del arte de navegar en los torrentes, la adquisición de recursos internos ha dado al resiliente la confianza y la alegría que le caracterizan. Sin embargo, y dado que hemos aprendido a considerar a las personas mediante la palabra «devenir», podremos constatar que aquellos que se han visto privados de estas adquisiciones precoces podrán ponerlas en marcha más adelante, aunque más lentamente, con la condición de que el medio, habiendo comprendido cómo se forja un temperamento, disponga en torno a los heridos unas cuantas guías de resiliencia.

Cuando la herida está en carne viva, uno siente la tentación de recurrir a la negación. Para ponerse a vivir de nuevo, es preciso no pensar demasiado en la herida. Pero con la perspectiva del tiempo, la emoción que provocó el golpe tiende a apagarse lentamente y a no dejar en la memoria más que la representación del golpe. Ahora bien, esta representación que se construye tan trabajosamente depende de la manera en que el herido haya conseguido dar un contenido histórico al acontecimiento. A veces, la cultura hace de ello una herida vergonzosa, mientras que, en otras circunstancias, se muestra dispuesta a atribuirle el significado de un acto heroico. El tiempo dulcifica la memoria, y los relatos metamorfosean los sentimientos. A fuerza de procurar comprender, de intentar encontrar palabras para convencer y de tratar de disponer de imágenes que evoquen la realidad, el herido consigue vendar la herida y modificar la representación del trauma.

Y esto equivale a decir que hablar de resiliencia en términos de individuo constituye un error fundamental. No se es más o menos resiliente, como si se poseyera un catálogo de cualidades: la inteligencia innata, la resistencia al dolor, o la molécula del humor. La resiliencia es un proceso, un devenir que, a fuerza de actos y de palabras, inscribe su desarrollo en un medio y escribe su historia en una cultura. Por consiguiente, no es tanto el niño el que es resiliente como su evolución y su proceso de vertebración de la propia historia.

Esta es la razón de que todos los que han tenido que superar una gran prueba describan los mismos factores de resiliencia.

En primer lugar, se indica siempre el encuentro con una persona significativa. A veces basta con una, cualquiera que pueda dar cuerpo al sencillo significado: «Es posible salir airosa». Todo lo que permite la reanudación del vínculo social permite reorganizar la imagen que el herido se hace de sí mismo. La idea de «sentirse mal y ser malo» queda transformada tras el encuentro.

Dibujar, jugar, hacer reír a los demás, son cosas que permiten despegar la etiqueta que los adultos adhieren con tanta facilidad: «[… ] vivir en una cultura en la que se pueda dar sentido a lo que nos ha ocurrido: organizar la propia historia, comprender y dar», son los más simples medios de defensa, los más necesarios y los más eficaces. Y esto quiere decir que una cultura de consumo, incluso en aquellos momentos en que la distracción resulta agradable, no ofrece factores de resiliencia. Alivia durante algunos minutos, como le ocurre a los espectadores ansiosos, que logran olvidarse de los tranquilizantes en aquellas noches en que ven la televisión. Sin embargo, para dejar de sentirse malo, para llegar a ser esa persona por cuya intermediación llega la felicidad, es preciso participar en la cultura, comprometerse con ella, convertirse en actor y no seguir siendo mero espectador.

«Los testimonios confirman que la resiliencia no es ni una vacuna contra el sufrimiento, ni un estado adquirido e inmutable, sino un proceso, un camino que es preciso recorrer», dice Paul Bouvier.

¿Cómo puede abrirse uno su propio camino en el ovillo de una cultura? ¿Cómo puede uno retomar su desarrollo cuando el camino está cortado? Hoy en día parece que nos acercamos a una bifurcación. Durante las últimas décadas, las victorias de los Derechos del Hombre y nuestra cultura tecnológica nos han hecho creer en la posibilidad de la erradicación del sufrimiento. Ese camino nos permitía esperar que una mejor organización social y unos cuantos buenos productos químicos serían capaces de suprimir nuestros tormentos. El otro camino, más escarpado, nos muestra que el transcurso de la vida nunca carece de pruebas, pero que la elaboración de los conflictos y el trabajo de resiliencianos permiten retomar el camino, pese a todo.

Estas dos vías nos proponen medios diferentes para afrontar los inevitables infortunios de la existencia.

La vida es demasiado rica para reducirse a un único discurso”

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