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No debería…Por Viviana Liptzis

Primero una historia: después de toda una vida de copiar a mano textos antiguos, un monje muy anciano fue nombrado Abad de su monasterio. Dándose cuenta que por siglos su orden había hecho copias de copias, decidió examinar algunos de los documentos originales. Algunos días después, otros monjes lo encontraron en el altillo, llorando sobre unos manuscritos manoseados y balbuceando: “decía “celebrar” no “ser célibe”!

 

Ah, los remordimientos! Esa molestia al revisar cuestiones del pasado, el tema central de los boleros, la auto-recriminación cuando me como un pedazo de torta en un intento vano por eludir otras cuestiones.

Si alguna vez tomaste una mala decisión este remordimiento fue seguramente tu compañero de almohada.

Es una compañía difícil, proclive a comentarios acusatorios, “bajones”. Finalmente te cambia dejándote al mismo tiempo más endurecida y más tierna. Y ahí es donde hay que decidir: la dureza se verá como amargura o como resiliencia? La ternura devendrá en la vulnerabilidad de una herida nunca sanada o en la posibilidad de ser mejor, más comprensiva, menos inflexible?

Existen al menos dos momentos en los cuales es posible elegir hacer del remordimiento una energía sanadora más que destructiva: el pasado y el futuro. Ambos pueden transformarse por lo que decidimos hacer ahora, en este preciso instante.

 

Empecemos por cambiar el pasado. No se puede? Sí se puede! El pasado no existe salvo en nuestra memoria, en la historia que nos contamos. Y si bien los hechos del pasado no pueden cambiarse, el relato sobre ellos sí. Podemos cambiar la forma en que contamos el cuento de nuestro pasado. Cómo?

  • Dejar de negar: mientras sigamos pensando “esto no debería haber pasado” o “no tendría que haber hecho o dicho tal o cual cosa” estamos encerradas en una lucha contra la realidad. Y esto es, como mínimo, improductivo.
    En una cosa estamos de acuerdo: lo que sucedió, no debería haber pasado. Pero pasó. Y si reconocemos esto, pasemos al segundo tema:
  • Separemos los ingredientes básicos: el remordimiento suele ser una mezcla de tristeza y enojo. Vale la pena tratar de separarlos internamente: qué es lo que nos entristece? Qué lo que nos enoja? Si esto ya esta claro, vamos por el tercero:

  • Hagamos el duelo por lo que está irrevocablemente perdido y avancemos.

 

Y en cuanto al futuro?

 

Cada vez que tu historia te ponga en una encrucijada, desde la más pequeña hasta la más importante, movete en dirección a tus deseos, no escapando de tus miedos. La pregunta es “qué me va a hacer bien”? Y no “qué hará que mis temores se alejen cada vez más”?

Algunas veces la elección estará clarísima. Otras habrá más dudas. Y el camino tal vez esté lleno de obstáculos, ansiedades, incomodidades. No existe una forma de alcanzar lo que deseamos sin asumir los riesgos necesarios.

Pensar en aquello que hicimos mal, servirá en estos casos como motivador para no volver a cometer los mismos errores una y otra vez. Para no hacer elecciones que sabemos nos harán sentir mal a posteriori.

Nada de esto es garantía de una vida fácil. Pero sí es garantía de una vida que vale la pena vivirse.

 

Fuente: Martha Beck

 

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