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Miedo y orgullo

Cuando leí este artículo pensé: podemos reemplazar donde dice la palabra México por Argentina y qué tendríamos? Creo que muchas cosas, algunas positivas y otras negativas, se parecen de manera inconfundible. Ustedes qué piensan?


Pregunta el reportero, con la sagacidad

que le da la destreza de su oficio:

—¿Por qué y para qué escribe?

—Pero, señor, es obvio. Porque alguien (cuando yo era pequeña)

dijo que gente como yo no existe.

Porque su cuerpo no proyecta sombra,

porque no arroja peso en la balanza,

porque su nombre es de los que se olvidan.

Y entonces… Pero no, no es tan sencillo.

Escribo porque yo, un día, adolescente,

me incliné ante un espejo y no había nadie.

¿Se da cuenta? El vacío. Y junto a mí los otros

chorreaban importancia […]

 

¿Qué es ser mujer en México hoy?, me preguntan. Y yo ensayo respuestas que son sólo un modo de ir buscando que —como decía Rosario Castellanos— mi cuerpo “proyecte sombra”: es asomarme cada mañana al espejo y saber que he ido construyendo un rostro y un cuerpo, por el filo del tiempo, para esconder el vacío. Que las huellas que allí encuentro son el mapa de mis miedos, mis deseos, mis fantasías. Que el brillo en la mirada nació junto con mi hija. Que el rictus en la comisura apareció aquel agosto en que murió mi madre. Que mi piel tiene tatuado el nombre amado.

Es mirar mi sangre siempre con la sorpresa de quien recibe un mensaje antiguo: linaje de cuerpos femeninos que me nombra su heredera.

Es que cada día me golpeen las cifras de muertes en este país en el que la violencia deja su marca impunemente sobre los cuerpos femeninos. Cuerpos desechables, cuerpos prescindibles, cuerpos borrables del imaginario social, cuerpos disponibles para los “más hombres”. Ser mujer es saber —como escribía el poeta Néstor Perlongher— que en este México nuestro “hay cadáveres”…

Es compartir el miedo que invade las calles. Es querer proteger a las otras, a las que están en Chihuahua, en el Estado de México, en las fronteras, en las plazas, en las esquinas, en las fábricas, a las que viven temblando dentro de muchos “hogares”. Por nuestras hijas y las hijas de nuestras hijas.

Es tomarme del brazo de las madres de Juárez para sumar una más a las muchas que ya somos.

Es morir con cada muerta y gritar en cada grito.

Es saber que aquí nomás, a pocas cuadras, hay prostitutas de 10 o 12 años. Que las redes de pederastia han cubierto el país. Que cualquier hotel ofrece servicio de “escorts” o edecanes. Que todo esto se ha vuelto “normal”.

Que se produce una violación cada cuatro minutos; es decir, más de 120 mil violaciones al año.

Que el aborto está entre las primeras cinco causas de muerte femenina. Que todavía hay quienes están presas por haber querido abortar.

Que las niñas deben abandonar la escuela antes que sus hermanos hombres para empezar a trabajar.

Que casi 90% de las familias monoparentales está encabezado por una mujer.

Es querer sentirme dueña de mi cuerpo y de mi tiempo. Es querer que todas podamos caminar a cualquier hora por donde lo deseemos sin pensar que estamos arriesgando la vida. Es tener derecho a andar sola.

Pero también es cantar con María Elena Walsh: “Quien no fue mujer ni trabajador cree que el pasado fue un tiempo mejor”. Porque todo lo anterior es cierto, pero también es cierto que hemos ganado espacios, hemos ganado visibilidad y libertades.

Nunca ha habido tantas estudiantes universitarias como ahora, nunca ha habido tantas mujeres formándose como profesionales, como académicas, como artistas. Nunca ha habido tantas mujeres trabajando en tan diversos campos.

Estamos quebrando el “techo de cristal” todos los días. Ocupamos puestos antes impensables para una mujer, participamos en política, sabemos cuáles son nuestros derechos. Tomamos decisiones que van más allá de nuestro cuerpo y nuestra sexualidad. Aunque también elegimos cómo y con quién compartir la cama y la vida. Estamos orgullosas de ser quienes somos.

En las decenas de mensajes que recibí por internet como respuesta a la pequeña encuesta que realicé entre mujeres jóvenes haciéndoles la misma pregunta que me hicieron a mí —“¿Qué es ser mujer en México hoy?”— destacan dos palabras.

La primera palabra es orgullo: orgullo por los caminos que estamos abriendo, por haber aprendido a reconocernos en la mirada de las otras, por saber hacia dónde queremos crecer, por ser capaces de ocupar las calles, por haber reconocido que tenemos una voz, por haber aprendido a usarla.

La segunda palabra es miedo.

Tienen razón las chavas: ser mujer hoy en México tiene ineludiblemente esas dos marcas.

Y nos duelen, claro, una vez más las brutales desigualdades del país. Ser mujer es también ser conscientes de ellas. Saber que no tenemos las mismas oportunidades las profesoras universitarias o las periodistas que las migrantes o las campesinas, que la conciencia de género no borra las terribles injusticias sociales, que es necesario seguir luchando por una sociedad mejor. Para las mujeres. Y también para los hombres.

Aunque sigamos buscando que nuestro cuerpo proyecte sombra. Aunque nos siga costando encontrar cada mañana nuestra imagen en el espejo.

 

Sandra Lorenzano. Escritora y crítica literaria. Vicerrectora de la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Fuente: www.nexos.com.mx

 

1 comment to Miedo y orgullo

  • Claudia

    ¿Qué puedo decirte cuando soy mujer y además soy mexicana?

    También vengo de una familia en donde la cabeza es una mujer y es madre soltera.

    Afortunadamente, poco a poco se ha ido ganando terreno en todos sentidos en México y ha sido tanto el esfuerzo en cadena, que es por eso que se ha creado una unión invisible entre las mujeres de aquél país.

    Estoy totalmente de acuerdo con la palabra orgullo.

    Y del miedo… bueno, ciertamente hasta hace un año y medio yo no conocía esa palabra, hasta que hubo un suceso que marcó a mi mamá y me marcó a mí… a partir de ahí existe el miedo y es parte del día a día, pero ciertamente hay que saber manejarlo, afrontarlo y seguir adelante de la manera más sana posible.

    Me encantó este escrito!!!

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